miércoles, 7 de agosto de 2019

Dos viajeros.

Me acuerdo de aquella noche en la montaña. Hacía frío y nos abrazábamos. Había muchas estrellas y tú fumabas. Me sentí tan pequeña de pronto al borde de aquel precipicio. Lancé algunas piedras y no las oí alcanzar el fondo. Al aguzar el oído, más allá de las cigarras escandalosas, se escondían búhos y muchos bichitos arrastrándose bajo nuestra manta. Me di cuenta entonces de que me mirabas. Leí en tus ojos la despedida anunciada al conocernos en este punto de paso hace apenas un mes, que estrujamos y aprovechamos hasta el último segundo, riendo fuerte para que no entrara la pena de lo pasajero a escena. Al vernos ahí, en esa montaña milenaria, tan pequeños bajo el manto del Universo, me dio menos pena nuestra partida. Al fin y al cabo... tan pequeños, tan ligeros. Me sentí de pronto muy efímera en mi viaje, en el viaje de la Historia; igual de relevante que la piedrecita que unos segundos antes lanzaba al vacío sin más, sin un final sonado, sola frente a la nada de todas las posibilidades que podrían esperarla abajo del tajo.

martes, 23 de julio de 2019

Julio familiar en piso veraniego


Siguen con la limpieza en el salón. Yo acabo de echarme crema hidratante en las manos para contrarrestar al Volvone, dios y señor de todos los productos de limpieza en casa de mi madre. No me gusta el olor a amoniaco, aunque sí la manera de eliminar la mierda incrustada en las ventanas, la arena que ha llegado a lugares insospechados a lo largo de un año, por eso accedo a usarlo. Hemos desarmado las ventanas, limpiado las persianas, aspirado lo aspirable y quitado el polvo a cada rincón. Ya puestos, mi padre ha echado aceite a las bicicletas, ha quitado telarañas entre los radios y ahora busca por todos los cajones las llaves que encajen con cada candado. Las bicis, ya que estamos en este julio abarrotado, tienen que estar preparadas para el verano que les espera. Recorrerán el paseo marítimo en sus dos direcciones posibles varias veces, menos de las prometidas, y se adentrarán en el vecino parque natural las mañanas que el madrugar por placer deportivo venza al dormir la mañana por placer vacacional. Sigue sonando de fondo la aspiradora, yo me he escaqueado ya, me he escondido en mi cuarto, en el que ha sido cuarto mío y de mi hermana los últimos veinticuatro años. Las paredes son de un color verde pistacho intensísimo, a mi madre le encanta; a mí me gusta solo porque es el cuarto del verano y en él siempre se ha dormido mejor. Las puertas del armario empotrado son azul celeste y el arcoíris se completa con cortinas de colores rosas y verdes y azules y sábanas de rayas de colorines mezclados que visten la litera. El cuarto, apenas un canutillo ocupado por completo por la cama a dos alturas alberga también una estantería estrecha, a la derecha de la puerta, en la que descansan libros de lomos de colores y purpurinas, juegos de mesa desarmados e incompletos y algunas muñecas con mechones en la cabeza que en algún momento fueron abundantes melenas. Sale una cama supletoria de debajo de la litera que al abrirse ocupa todo el espacio existente entre la litera y las puertas del armario. Cuando esta habitación se ha visto llena de seis niñas, dos por colchón, apenas había un metro libre, entre la puerta y los pies de las camas, lleno normalmente de mochilas, bolsas o chanclas hasta arriba de arena que terminaba entrando entre las sábanas para hacer las noches pegajosas y pinchosas y codazos y estate quieta y es que no quepo y pues yo me caigo y es que ya ha empezado la otra a roncar y es que siempre igual y callaos que van a venir las madres y que vengan y jaja y la otra sigue roncando y jaja y verás qué pedo y fú que asco y jajaja y niñas, a dormir ya y sí y ya vamos y jijiji con las caras cubiertas por las sábanas. Voy a cambiar la estantería de sitio, voy a poner una mesa donde poder escribir cuentos y miedos, a ver qué tal. Me asusta un poco romper la imagen del cuarto de verano que ha sido el mismo en mis veinticuatro años de vida, pero la Woolf me insiste en que instale la mesita del Ikea y cierre la puerta de vez en cuando. La semana que viene empieza a llegar gente, dormiremos diez u once personas en este pisito a veces y mi madre estará contenta de cocinar para tanta gente y los habrá que dormirán la siesta en las sillas del comedor porque el gen Fernández es benevolente con el sueño, aunque a mí no me tocó en la lotería, lástima. Yo podré resguardarme en mi cuarto cambiado tras años de quejarme por la asfixiante falta de intimidad. Hace poniente y fresco, por eso el limpiar y el escribir no nos consumen demasiado frente a la urgencia de ir por vez primera a la playa, luego iremos, esta tarde, después de la siesta y las post-siesta que se alargan hasta las seis y media o siete. Me gusta más la playa por la tarde, de todas maneras, y al volver estará todo más limpio, aunque lo volvamos a llenar de arena al entrar cada día en tropel.

miércoles, 19 de junio de 2019

Dos días antes del Solsticio

Apaga la música, niña
y empieza a escribir.

No pienses en que a la libreta
le quedan cuatro hojas
sin manchar de tinta.

No pienses en que a la primavera
le quedan dos días
para terminar su ciclo.

No importa mucho
si un poema queda roto
o compartido
entre dos libretas.

No pasa nada
si en San Juán
o en Litha
derramas el cacho gallego
antes de saltar la hoguera.

No te culpes, niña,
si la perfección escapa.
Escribe medio poema,
salta y cae rodando,
pero escribe, pero salta.

Te bañó la Luna llena
anoche entre la brisa fresca
sobre el techo que te ha criado.

Te canta hoy la Luna
para que no la eches de menos
en la noche breve
del Solsticio.

Te pide que escribas, niña,
te pide que llores.
Le parece a ella
que la ausencia de cantos sentíos
es vacío y es tristeza,
es oscuro y amargura.
«Se queda corta la vida»,
cuenta Ella,
«al no reflexionarla, al no pintarla».
Escríbele, baílale, sollózale
a la Luna menguante mañana
para que su recogimiento te acompañe
en tu arte y en tus días,
pues Luna y Vida, Vida y Luna
precisan oírte.

Te contestarán, dicen,
que mantengas oídos alerta, piden.

Apaga la música, niña.

Escucha la norte más corta.

viernes, 5 de abril de 2019

No nos vamos, nos echan.

28 de febrero de 2019, Granada

Mi tierra amanece con su sol
y sus habitantes con sus miedos.

Mi tierra se mueve lenta
y su gente descansa a media tarde.

Mi tierra abraza el calor un día de febrero
y yo lo recibo entre flores de almendro.

La tierra que me ve dudar cada día
entre el amor que le entrego a la vida que me ofrece
y la dificultad de llevarla a cabo en esta realidad
eternamente difícil,
en la que retrocedemos como un cachorro asustado
ante la posibilidad de un avance
que nos haga superar por fin
estos ochenta años de mierda acumulada
que se nos atragantan una y otra vez.

Mi tierra retrocede de nuevo
y su gente está cansada de los de arriba
y sus mujeres empiezan a abrir la boca
y se niegan a la condena de la emigración perenne,
la única herencia compartida en cada familia
de cada pueblo del sur,
con primas lejanas hijas
de primas cercanas
diseminadas
por pueblos del lejano norte.

Mi tierra me riega y me alimenta
y me invita a dudar cada vez menos
y a disfrutar de los baños de sol
entre flores de almendro.
Intento no hacer la cuenta atrás
antes de mi despedida inevitable.

martes, 26 de marzo de 2019

Tormenta.

Ruge el levante gris
y silba llamando a la ventana.
Las plantas tiemblan levemente
dentro de la mampara en la terraza
sin comprender cómo
el mismo que las espabila suave
hoy amenaza con arrancarlas
de sus tiestos de plástico marrón.

Ruge el levante gris
y hace suyas las olas blancas.
Me estremecen las palmeras sacudidas
en el paseo acerado
con un violento vaivén
y me centro en su tronco fino
que aguanta sorprendido las embestidas.

Enmarcadas en un cielo bajo
de nubes cargadas y oscuras
bailan las palmeras
al son de los rugidos del levante,
bailo yo a esta primavera
que me agita cual árbol jóven
y cuando ya creo que me rompo,
mi tronco no aguanta,
mis raíces son débiles...

Cesa el levante.

Se apagan los silbidos.

Descansan las olas.

Me quedo despeinada sin comprender.

Me sirvo un té.

Aguardo la siguiente embestida.

Han venido unos operarios
a apuntalar las palmeras del paseo.
Yo escribo agotada por la tormenta,
miro las olas ya calmadas.

domingo, 10 de marzo de 2019

Qué suerte.

Estoy ligeramente borracha por la cerveza al sol y por la cantidad de comida familiar que he saboreado lentamente, escuchando conversaciones fáciles y relajadas. No paran de sonar los ladridos de los perros y eso es buena señal de vida, diría Juan Rulfo. Cantan también gallos confundidos al sol de media tarde y los pájaros compiten a escandalosos con los tolones de las vacas vecinas. El motor de la depuradora de fondo ronronea y el cri-cri de los que no se dejan ver termina de poner la banda sonora a las crónicas de los últimos viajes y las más recientes noticias, para poner al día a los amigos con destinos distantes. Alguien ha encendido una motosierra, en el monte de enfrente quizá, y su estruendo retumba por el valle y se remueven las ramas y sus habitantes inquietos.
Huele ahora a café y las palabras se ralentizan, se escapa de la sombra y se busca el sol de marzo que calienta los rostros y les hace olvidar el frío ya. Qué fácil parece la vida, conversar, tejer, cocinar, fregar, relatar tus eventos y los míos, ponernos de acuerdo para el próximo día en el que vendremos a estar, a ser, sin hacer demasiado, a vivir fácil, sin esforzarnos en aparentar, ni hablar sin ganas, ni dejar de dormir la siesta si tengo sueño, sin vestirme para la ocasión, sin peinarme más que con las margaritas que adornan las lindes del césped demasiado crecido. Pronto vendrá el calor y a la fauna sinfónica se le sumarán las avispas al borde de la piscina y vendrán niños invitados a ocupar nuestras horas en remojo, porque estamos lejos y ahora bebemos mucha cerveza y nos damos pocos baños; ahora salimos menos de fiesta y charlamos más con los que nos han criado en este oasis de piedras rotas y olivos trepados.
Están floreciendo los gamones, aunque faltan dos meses para que cumplan con su tradición y el olor a candela perfume este valle retumbando. Qué paz en esta tarde de sol tibio, qué fácil. Se acaba el café y las conversaciones evolucionan hacia los planes de mis primas y mis hermanos, las criaturas aquí criadas entre tolones y cri-cri y quiquiriquí y pinqueo y perros de la vecina que quisimos como nuestros. Ay, qué paz, qué fácil, qué ganas de subirme a un olivo como hace quince años y verlo todo desde el reposo de la digestión perpetua, desde el agotamiento de horas de balón y canasta. Qué bien, qué paz, qué fácil, la herencia de lirios y gamones y de conversaciones sin pretensiones, sin modelitos para la ocasión, sin obligaciones. Qué bien, qué fácil, qué suerte.

miércoles, 6 de marzo de 2019

Cavilar marítimo al despertar

El sonido de las olas
acompaña mi decrépito despertar.
Ha llovido toda la noche
y yo
he dormido más de cuatro horas
en la incertidumbre de hacia dónde huir hoy,
de alejarnos del mar
en pos del hogar que no logro ubicar.

Me he pintado las uñas después de muchos meses
con un esmalte oculto en el baño de tu madre,
nunca se lo he visto a ella
y yo
me siento muñeca falsa y pintada
mientras sujeto este boli que imagino también de ella
y a mí me queda tan grande ahora.

El sonido de las olas
acompaña mi despeinado cavilar.
Huele a café desde la cocina
y yo
me dejo saludar por el mar violento y gris
y lo siento espejo y cercano.

Nos alejamos de él hacia la ciudad mora hoy,
conduciré despacio
para no escapar rápido del sentir atlántico
que se evapora en mis días urbanos.
Agarraré el volante con uñas pintadas del color de la mar,
en la cabeza el pelo revuelto con aroma a sal,
sin hogar ni rincón ni habitación propia
más que el suelo que me sirve de mesa,
más que las olas que son banda sonora,
más que el recuerdo de una sierra que a veces no siento mía.
Voy a vagar con uñas y pelo y recuerdo
de esta mañana lenta y oscura
en la que haces café y me imaginas dormida,
ignoras que la tormenta marítima ha atravesado el balcón
y se ha hecho dueña del cavilar de mi despertar.